El vacío

Novela gráfica con Fernando Baldó. Iniciada en el verano porteño de 2007. Muestra pendiente de elaboración.

La génesis de “El vacío” es un rara avis. Siempre, desde pequeño, me ha fascinado la figura de Oesterheld. El punto de inflexión fue un artículo de Trillo y Saccomanno en “La historia de los cómics” de Toutain. Esos días finales, tormentosos y al límite, despertaban mi interés humano (por el drama vivido en la lucha contra la “opresión”) y narrativo (ya empezaba a quemar mis propios pasos). Quería contar esa historia. Quería contar la historia de Oesterheld a cualquier precio.

No sabía bien en lo que me embarcaba…

Durante 2 años traté de aprender el oficio. Algo que nadie te enseña (este de los guiones) y que debes hacerlo por tu cuenta y riesgo. Al mismo tiempo me las ingeniaba para ir consiguiendo el mayor número de obras de Oesterheld. Tiene su mérito mi colección oesterheliana: mérito para ser estudiante trabajador sin perras; mérito para vivir al otro lado del charco. Recuerdo con satisfacción cuando, gracias a Antonio Ramírez, conseguí el contacto con un coleccionista que vendía la primera edición (la de Lumen) de “Mort Cinder”. Creo que nunca me he alegrado tanto de haber conseguido un cómic.

El caso es que con dieciséis o diecisiete había decido emprender la aventura de elaborar ese guión sobre Oesterheld. O más bien, sobre su esencia: ese guionista que lucha con su arte contra la adversidad, quien, como afirmó Unamuno, “remueve la conciencia”. Los primeros intentos son historias cortas. Muy humildes. Una tuvo el honor de quedar ¡¡la última!! en el festival de cómics de Dos Hermanas (la dibujaba yo todo hay que decirlo). El caso es que era darle la vuelta mil veces al mismo guión. Una y otra vez. Lo escribía. Lo rompía o borraba. Lo reescribía. Lo volvía a romper o borrar. Un círculo vicioso eterno del que no escapaba. Nada me parecía lo suficientemente bueno: o me resultaba poco acertado atendiendo a la veracidad, o, sencillamente, me parecía una mierda.

Antes de terminar la universidad traté de darle un nuevo enfoque. Debía ser más honrado con la historia. Debía tratar de contar lo ocurrido al Oesterheld real de carne y hueso. Por aquel entonces, estaba tanto o más mitificado que Alan Moore, así que era el paso natural. Devolver a quien, desde la distancia, me había dado tanto. Así comienza uno a investigar. A reunir información.

En este punto, aparece también Tebeosfera. Pero también, la enfermedad de mi padre y la terrible sensación de abandono que le queda a uno cuando acaba la facultad. Me doy un tiempo de espera que a lo tonto fue un año y medio o así.

Ya afincado en Melilla, en 2003, es cuando decido emprender la aventura de Oesterheld en serio. Ya tenía menos preocupaciones en mente: mi padre se cura, el trabajo de interino iba viento en popa. Era el momento de dar buena cuenta de mi sueño.

Por Tebeosfera establezco unos contactos que han marcado mi vida: Fede Reggiani, Oscar De Majo, y, ante todo, Diego Agrimbau y Laura Vazquez, y Hernán Ostuni. Me orientan, asesoran mis pasos. Conozco a Hernan ese año en Barcelona (realizaba un curso de formación como el gran médico que es) y mete la pata: me invita a Buenos Aires. Si quería escribir sobre un argentino debía conocer, como mínimo, la Argentina.

Así que en verano de 2003 me planto en Buenos Aires con un amigo de Madrid, con la intención de descubrir el vellocino de oro. Gracias a Hernán conozco al resto de los bañaderos (Norberto, Fernando…). Gracias a Laura y Diego, buenos amigos como Dante. No sé. Fue un viaje único. Hablé dos veces con Elsa Oesterheld, con Solano, con Sasturain. Un material documental único que sólo he utilizado para esta investigación.

Pero sobre todo conocí a Zoppi. Eugenio era todo un caballero, un hombre único. Muy sencillo de carácter. Directo, claro y humilde. Era la memoria viva de la historieta argentina. Había participado en todos los niveles de su gestación.

Ya de vuelta, me tiro como un año haciendo un primer guión. Un proyecto titánico alrededor de 300 páginas o así. Resultado: una mierda. Esa primera historia giraba en torno a un grupo de actores que trataban de hacer una obra homenajeando a Oesterheld. Cada uno sentía su historia de un modo especial. Una obra ridícula en su planteamiento que se me escapó de las manos ya por la página quinces (¡ja! ¡ja!). Un desastre mayúsculo (ah, se lo propuse a Dante pero la cosa no llegó a buen puerto).

La crítica más constructiva fue la del Diego (quién aguantó a leerse esas quince páginas que tejían la primera historia) que me hizo ver que el principal error era tratar de empecinarme en ser argentino cuando no lo soy ni lo seré. Por mucho que leyera o fuera de visita, hay una distancia cultural y social que no se solventa. Tenía que aprovechar las virtudes que me ofrecían mis europeos defectos.

Aún así hago dos versiones más del guión. Ambas de unas doscientas y pico páginas. ¡Y a la papelera! Creo que también aparece, por estas fechas, el libro de Astiberri que recoge algunos artículos de Tebeosfera como mi querido artículo “H.G.O.”.

A todo esto, muere Zoppi. Algo que siento enormemente. Trataba de investigar toda una época y él fue la persona que me hizo más comprenderla y profundizar en ella. ¿Por qué trataba de hacer un homenaje a Oesterheld y no a él quien además, injustamente, no había sido tan reconocido como debiera? Vuelvo a darle nuevas ideas al argumento. Se cruzan las temidas oposiciones. Vienen Laura y Diego a Alicante. Vuelve  Hernán a Barcelona. Cruzamos mails. Pasan los años. Y, como era de esperar, el tema de Oesterheld me empieza a aburrir soberanamente.

En el 2007, tras otro intento a lo largo del año, decido volver a la Argentina para reencontrar la inspiración perdida. Para ver si emprendo de una vez, y con sentido, mi frustrada carrera de fondo como guionista. La idea era simple: buscar un dibujante, ponernos de acuerdo y encarar el proyecto. Aquel verano inolvidable Diego me ofreció su estudio en el maravilloso barrio de Flores. Y allí conozco a su nuevo compañero de estudio (Dante se había ido recién), mi gran amigo, Fernando Baldó. Como Die más de una vez me dijo: “te lo he dado todo, gallego”.

Fer era el dibujante perfecto. Estaba en igualdad de condiciones conmigo: siempre había querido hacer historieta pero las circunstancias vitales -como a mí- le habían hecho dar varios derroteros; deseaba encontrar un buen guión (aunque él escribe muy bien. ¡Ojo!) y encarar una historia que le entusiasmara. Y bueno, era lógico que tratase de convencerle, que le contase toda esta génesis y que le plantease el argumento (milagrosamente este sí ha funcionado y bien) que actualmente tenemos entre manos.

La perspectiva en un principio, quizás por agotamiento, se alejaba de la huella de Oesterheld. Trataba de homenajear tanto a Zoppi como a uno de mis mejores amigos, argentos o no, el insigne Norbeto Rodríguez Van Rouselt (bañadero de pro). Así nace Germán. También tiene algo de Carlos Cruz: como él es un inmigrante que acude en los cincuenta a la Argentina. Comienza a dibujar. Conoce a Sturgiss (fue el primer seudónimo de Oesterheld. En la obra para evitar líos decidimos darle este nombre. Necesitaba encarar ya con distancia, pero ahora mental, el drama de los Oesterheld), al trasunto de Pratt, etc., etc. Participa en el proceso de creación de la historieta argentina.

Germán acaba por volver, a finales de los sesenta, a Europa, concretamente a Sevilla, concretamente a mi barrio. Y así pasa sus días dibujando mientras pasa el tiempo, la gente viene y se va. Cuando muere su esposa queda solo. El dibujo es su único refugio. Hasta que (y ya aquí arranca su historia) le descubren una enfermedad que va a provocar su “jubilación”. Queda vacío, sin nada a lo que aferrarse.

Es aquí cuando se cruza en su camino Carlos, un investigador español que trata de componer la biografía de Sturgiss. Y se sientan y hablan y hablan. Le cuenta anécdotas, deseando en el fondo de su corazón poder contar las suyas. Siente celos de que alguien se acuerde de su amigo y no de él. Más ahora que los pinceles han muerto.

Un planteamiento simple que no simplón. Lo que interesaba en este planteamiento eran dos cosas: primero, dar buena cuenta de lo que un amigo califica como “las viudas de Oesterheld” (nada que ver con Elsa), es decir, personajillos que tratan de explotar a su gusto y beneficio el drama familiar de Elsa y los suyos, manipulando lo real (por ejemplo, Oesterheld fue casi toda su vida un profundo antiperonista. Ahora para ciertos grupos se ha convertido en una especia de mártir); segundo, explorar desde el respeto el sentimiento de soledad y abandono que vivió la persona que, con el tiempo, te das cuenta que ha sobrellevado el peso de la historia, Elsa. Todo desde la óptica en la lejanía (de los kilómetros, de los años…) que aporta Germán.

Eso sí, como no podía ser de otra manera un proceso lento (pero meticuloso): dos viajes a Argentina para terminar de armar con Fer el storyboard, una muestra que sale fallida… Ya por fin, las cosas están saliendo bien. Fer está haciendo un trabajo maravilloso (por el camino ha ganando ¡¡tres!! concursos de cómic). Sólo nos resta tener un poco de suerte.

Eso sí. Al final, con el guión ya acabado, cuando todo queda en manos de Fer, decidimos aconsejados por Trillo, Agrimbau y el resto de  amigos, dar un giro a la historia. Sturgiss dejará de ser Sturgiss para recobrar su verdadera identidad. En realidad no podía ser de otra manera tratándose de una obra concebida desde el más absoluto de los respetos. Aparte, habría más posibilidades de venta (¡qué coño! Hay que ser honrados).

Como me dijo Carlos Trillo cuando, con esta excusa, Diego me lo presenta: “Sos el guionista fantasma”. “Dejalo ya”. “Hace un guión de terror”. Algún día maestro, algún día.

6 Respuestas a El vacío

  1. A este lo conozco de chiquito. Jeje, yo ya vi más página nuevitas. Más que asupiciosas.
    Abrazo,
    D.

  2. firlupy

    Paseando por la web, voy y me entero de que se materializó, y que a lo mejor sale publicado… me alegro mucho.

    Está claro que sin mi sabio sentir morataleño y los “placa”, “placa” del primer viaje no hubiera sido posible…

    • Indudablemente. Placa, placa y tu baile a lo Ricky Martín “atrapado, moribundo” (seguro que ya lo estás bailando) han sido indispensables. De hecho pensé en llamarle “El placa, placa” estaba seguro de que me ibas a cobrar derechos de autor jejejeje. ¡Un abrazo monstruo!

  3. Oscar De Majo

    Gracias por recordarme, “guionista fantasma”.
    Un abrazo y un recuerdo muy especial al tipo que me bancó las pálidas en el peor momento de mi vida.

    Tu hermano argento Oscar De Majo

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